Photoshop de la literatura - Cantineoqueteveonews

Las botellas de stolichnaya deformaban con su cristal las fibras de la alfombra roja de cáñamo. La cuerda la sacó de la cochera. Tenía apariencia vetusta. La soga era de yute y perteneció a su abuelo quien fue marinero. Consiguió atarla a la viga de madera. El lazo ya estaba hecho. Se colgó. Recuerda dos cosas: El mareo y leer el título de una revista antes de desmayarse tras caer al suelo. ¡Un photoshop de la literatura ya está ciernes!

En el tercer mundo los “quemaditos” han evolucionado. Al principio el chamuscado término denominaba a los casetes que pirateaban CD de música. El paso siguiente de los filibusteros fue clonar software y crackear las licencias en un compact disc. Para los que se mantienen en los márgenes de la decencia existen copias impresas de las más afamadas revistas científicas. Las venden a los pobres, segmento de la población ha donde han ido a parar los intelectuales atrapados entre los trópicos de cáncer y capricornio. El papel que estaba en el suelo era un artículo de MIT Review, redactado por Stephen Marche titulado: Usé un algoritmo para ayudarme a escribir una historia. Esto es lo que aprendí.

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La resaca y el dilema moral católico le dieron claridad. La dioptría del aire se ajustó con varios pestañeos. Mantenerse intoxicada con una graduación alcohólica de 42 tenía la consistencia de un ritual. Consciente de su suicidio fallido se despertó taquicárdica con la historia del redactor del Massachusetts. ¿Cómo una “máquina” podía digestir 50 cuentos clásicos de Ciencia Ficción y transformarlos en una narración original?

Photoshop de la literatura

Del “photoshop de la voz” se dice que puede crear falsos testimonios. Se le conoce como la interfaz VoCo . Del photoshop de Adobe ya sabemos lo que es capaz de hacer con las imágenes. Ahora se nos plantea el photoshop de la literatura, nacido del programa llamado SciFiQ. Adam Hammond, un profesor de inglés, y Julian Brooke, un informático, son los creadores del software.

Manola Lessing era de las que no perdía el tiempo. Impactada por la novedad quiso leer la historia escrita por el algoritmo. El título del cuento: Twinkle Twinkle, una repetición de verbos inmanejables para el español. El ardor en el cuello no la detuvo. La caída en peso muerto fue dolorosa, pero la concentración estaba intacta.

La historia algorítmica hace referencia a los “otros”, habitantes de un planeta distante años luz y gemelo de La Tierra. En la trama Ane y Ed, denominados “buscadores”, observan el monocigoto separado al nacer del tercer astro del Sistema Solar. A Manola la lectura la ocupó por 15 minutos. Los rápidos escrutinios le eran agradables porque le fecundaba imágenes vívidas.

La idea de un photoshop de la literatura se volvió un chiste en su cabeza. “Se gastaron miles de dólares para reescribir la historia infantil ‘Horton Hears a Who!”, pensó Manola. Volvió a la carga. Abrió puertas y ventanas para que la casa respirara también. Juntó cigarrillos, otra botella de fermento-de-patatas y releyó las observaciones de Stephen Marche sobre su frankenstein  o “algostoria”.

Stephen Marche habla

Manola Lessing era una mujer decidida. En contra de la voluntad de sus padres estudio idiomas. Tiene una especialización en la Universidad de Leiden, Holanda. Además de lo básico –inglés, portugués, castellano, alemán y francés- habla latín, griego, hebreo, arameo y copto. A sus 57 años vende queso para subsistir y no tiene oportunidad alguna para vivir de lo que le apasiona.

El photoshop de la literatura la hizo hacer una pausa en su viaje al otro mundo. Un accidente inesperado, un vuelo demorado, un neumático pinchado o un hoyo en la barca, en das totenschiff.

Sin soberbias pasó los ojos por las declaraciones de Marche.  “Una ‘algostoria’, o cualquier uso de la computación que va dentro del proceso creativo, existe en un espacio conscientemente espeluznante entre la ingeniería y la inspiración”. La sinceridad del novelista canadiense la conmovió y se tomó un trago de vodka a su salud.

Marche llamó la atención de la políglota. Ella descubrió que era el autor de un artículo del NYT titulado «La brutalidad no examinada de la libido masculina». El hombre escribió sobre los desafíos y la necesidad del compromiso masculino con el feminismo.

Stephen Marche es un filósofo, o por los menos así opinaría el español Gustavo Bueno: Todos somos filósofos. Ella llegó a esa conclusión cuando el dramaturgo escribió sobre el “inquietante espacio que ya habitamos”.

“Un software puede transformar su fotografía con infinidad de filtros o cambiar partes de la imagen pulsando un botón. Puede generar imágenes que se parezcan convincentemente a las pinturas de cualquier época que elijas. Ahora las máquinas están invadiendo el lenguaje cotidiano. La calidad del texto predictivo nos obliga a hacer una pregunta literaria cada vez que levantamos el teléfono. ¿Qué tan predecibles son los seres humanos? ¿Cuánto de lo que pensamos y sentimos y decimos está escrito por fuerzas externas? ¿Cuánto de nuestro lenguaje es nuestro? Han pasado dos años desde que la tecnología de voz de Google, Google Duplex, pasó la prueba de Turing. Lo queramos o no, las máquinas están llegando. La pregunta es cómo responderá la literatura”.

La muerte está a la espera

El photoshop de la literatura llenó de muchas cosas a Manola Lessing, pero no la vació de sus tormentos. En algún punto ya entrada la noche sintió de nuevo el rigor de la depresión. Descubrió en una esquina del programa llamado SciFiQ el mismo fantasma escondido.

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La tecnología está creando un mundo para hacer añicos lo individual. Desea una sociedad de compradores y vendedores. Añora premiar a los que se dejan engañar. No hay cabida para los genios auténticos. El único interés de los que guían es masificar a los manipulables. Los desean cautivos y controlados.

Manola respiró profundo. Tomó una ducha. Buscó la ropa para dormir de franela que tanto le gustaba. Se fue a la cama contenta porque ella no sería una lectora de libros hechos con el photoshop de la literatura. A ella no le echarían ese cuento. Contó ovejas antes de cerrar los ojos y recordó que detrás de la caja de herramientas, oculta tras un neumático desgastado, había otra soga, una de polipropileno color naranja que combinaba con el pijama que vestía.