Los ingleses - Cantineoqueteveones

La descripción de los ingleses que realiza Sándor Márai en su autobiografía “Confesiones de un Burgués”, es una exquisita exploración. En estas memorias publicadas entre 1934 y 1935, el escritor húngaro revela profundas capas de la identidad inglesa. En la Europa de entreguerras, el agudo escritor húngaro observa los detalles de la vida inglesa. A partir de su mirada relajada, se devela la atmósfera del alma inglesa hilada mediante una fina prosa.

Desde su residencia en París, Márai visitaba Londres los fines de semana para estudiar el espíritu de esta fascinante ciudad. El primer tramo del viaje transcurría en el “tren inglés”. Desde sus vagones ya el escritor notaba una diferencia en el trato de los revisores. Sus modales eran mucho más cuidados. “La única raza cuya superioridad civilizada obligaba a los franceses a ser más humildes era la inglesa”, observa Márai.

Como llegan los ingleses a su isla

En el ferry, continuaban los cambios. “Los viajeros comenzaban a comer como en casa. Degustaban cordero en salsa de menta, el olor a grasa animal envolvía el restaurante. El pan era insípido y seco, y el vino malo y caro. Ya estábamos en Inglaterra”.

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El escritor burgués Márai, disfruta la expectativa de los ingleses al llegar a su isla. Al atisbar el perfil de la costa, comenzaba otro mundo. “Empezaba otra vida muy distinta de todo lo que la gente del continente conoce, ama y desea. Otra verdad y otro honor, cerveza con otro sabor y amores de otra naturaleza”.

El retorno de los británicos a su patria no era cualquier retorno. “Regresaban a su casa desde el vasto mundo, desde sus colonias de la India, Australia y Canadá. Habían hecho sus conquistas, sus negocios. Volvían a sus casas de la isla para adaptarse de nuevo a las particulares leyes de su civilización. Volvían a casa. Nadie es capaz de volver a casa de manera tan activa como los ingleses”.

Los olores de Londres

La llegada a la ciudad despertaba en Márai matices únicos por su sensualidad. “Me gustaba la primera bocanada de aire que respiraba en las calles londinenses. Ese olor húmedo a moho, a aceite, a grasa de cordero asado. Ese olor que hacía que me picara la nariz, el olor a té y a colonia Atkinson de las calles del centro.”

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Luego, le seguía el estado contemplativo preferido de los ingleses: el aburrimiento. “Me sentaba en el sillón más confortable del hotel. Rodeado de todas las bondades del sistema jurídico y del contrato social. El sistema más cómodo y civilizado que existe en el mundo. Lo hacía exactamente igual que otros cuarenta millones de personas en la isla a la misma hora. Me aburría durante hora y media hasta el momento de la cena”.

Los que están detrás de su elegancia

El escritor húngaro observa sus rutinas y sus cuerpos con la meticulosidad de un cazador. Se para frente a un teatro y desde allí estudia sus movimientos y formas. “Me gustaba observar el desfile de unos cuerpos humanos perfectamente construidos, envueltos en frac y en vestidos de noche con escote. Cuando hacían gala de su educación como animales de circo amaestrados demostrando sus habilidades. Cuando mostraban sus joyas que resplandecían bajo las luces.” Esos cuerpos pulcros y elegantes le revelaban a Márai su razón de ser. Lucían con ese esplendor porque “cada día moría en algún rincón del mundo un africano o un hindú”.La sombra de aquel brillo era escudriñada por su visión. “Por esa isla verde envuelta en la niebla trabajaban sudando hasta la muerte millones de personas en el mundo.”

El arte de ser hipócrita

Finalmente, Sándor Márai admite haber aprendido el fino arte de la hipocresía londinense, su sofisticada técnica. “En el hotel, el portero se negaba a que subieran a mi habitación señoras o señoritas. Alegaba que ‘una dama nunca puede entrar en un sitio donde hay una cama’. Me sugería que pagara una suite con salón y dormitorio. ‘El caballero y la dama tendrían la oportunidad de sentarse a tomar el té en el salón’… ¿Qué otra cosa podrían hacer? Yo aprendía algo nuevo a diario.”