el Buda de Frankfurt - Cantineoqueteveonews

El optimismo del siglo XIX, tuvo en Arthur Shopenhauer, el Buda de Frankfurt, su contrapeso. Hay hombres así, capaces de abrir una visión hacia la dirección contraria. Los avances científicos y tecnológicos, aupados por la razón hegeliana prometían un deslumbrante futuro hacia mundos mejores. Pero allí estaba el aguafiestas alemán, diciendo que el progreso es un engaño, una ficción sin corazón.

Desde su querida Frankfurt, sentenciaba que todos los esfuerzos por desterrar el sufrimiento eran vanos. Rodeado de sus perros, a los que regañaba llamándolos “hombres”, afirmaba “el mundo es algo que no debe existir.”

Schopenhauer sentía complacencia en presentarse como budista. Tenía una estatua de Buda, que hizo dorar en oro.  Nunca se casó y pasó los últimos veintisiete años de su vida en Frankfurt.

La voluntad cósmica y el Buda de Frankfurt

En su tiempo, el budismo era un terreno desconocido para la mentalidad europea. “Der Schleier der Maya” (el velo de Maya) es uno de los conceptos fundamentales del budismo. Maya representa el carácter ilusorio de la realidad. El filósofo teutón lo presentó en su obra «El mundo como voluntad y representación», publicada en 1819.

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Detrás de los fenómenos ilusorios del mundo, subyace el “Will”, la voluntad. Son los sentimientos, emociones y deseos que culminan en decisiones, «actos de voluntad». Esta voluntad cósmica fue para el Buda de Frankfurt una energía ciega generadora del gran dolor del mundo.

La Noble Verdad que duele

La esencia subyacente de la vida como voluntad corresponde a la segunda de las «Cuatro Nobles Verdades» de Buda.  Querer es sufrir. La ”voluntad de vida” apunta a la satisfacción. Matamos y devoramos para preservar la existencia. La voluntad de vivir en un individuo no tiene más remedio que destruir la voluntad de vivir en otro.

Vivir es desear. Si estamos insatisfechos, sufrimos. Si no se satisface la voluntad libidinal, padecemos el dolor de la frustración sexual. Si, por otra parte, se satisface la voluntad entramos en la otra trampa del vivir.  Al momento de placer o alegría fugaz, somos vencidos por un «vacío temeroso y aburrimiento».

El péndulo que no cesa

Este movimiento pendular descrito por el Buda de Frankfurt nunca cesa en la vida del hombre. El asceta, mediante un gran esfuerzo puede mitigarlo con la vida contemplativa. Mientras estemos vivos no podemos escapar completamente del poder de la voluntad. Sólo la muerte con su tersa guadaña la puede silenciar para siempre. El libro cuarto de la obra del iluminado alemán concluye que solo en la muerte podemos lograr la liberación final, la «salvación».

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Schopenhauer nos mostró el lado perverso de la vida cuando el planeta se encontraba deslumbrado por el progreso. Vivir es participar en una lucha agotadora e interminable alimentada por la ilusión. Los placeres por los cuales somos capaces de vender el alma son fugaces o inexistentes. Y si por alguna razón, bien sea suerte o por un gigantesco esfuerzo, llegamos a tocarlos, se abre el otro abismo. La tarea ahora es huir del hastío que siembra la satisfacción. La rueda del samsara nunca se detiene. Ese juego no es el que tenemos que jugar, nos dice Schopenhauer. Podemos situarnos en la orilla de la vida a contemplar sus candelas. Sentarnos en un lugar donde las llamas no laman nuestros espíritus con tanta avidez. Mientras tanto podríamos esperar la muerte y prepararnos para recibirla sin tantas telarañas en los ojos.